El muchacho travesti

Carlos Ramírez García

—Es que necesito alguien con quien platicar, me siento solo, me siento mal, triste. Hace diez años que salí de mi casa. Mi papá no aceptó que yo fuera homosexual.

Entre sus lágrimas y su maquillaje derramado trato de decir algo. Huele a mucho thinner.

—¿Cómo te llamas?

—Rubén…

Se talla sus ojos como un niño. Arrastra sus palmas en los párpados y se traga sus lágrimas entreabriendo un poco su boca.

—… ¿y tú?

—Carlos…

—¿Qué es aquí, un albergue?

—No, es una iglesia. Estamos para servirte.

—Ay, mi amor, ¿no tendrás algo de comer? Fíjate que me vine sin comer desde mi casa, tu casa…

—Gracias.

—…y no he comido nada.

—¿No quieres unos tacos? Están bien buenos.

—Gracias, me haces un paro.

Tacos de papa con crema, queso y todo. También agua de Jamaica.

—¿Y tú qué haces aquí o qué?

—Pues vengo a ayudar porque hace como cuatro años que conocí a Dios. Acá no es como una religión, es como que los de aquí tenemos una amistad personal con Jesús.

—Orales.

—Sí y ¿tú qué onda? ¿A qué le haces? ¿No chambeas?

—Sí, carnalito. La neta pues me gusta putear, perdón por la palabra.

—No te preocupes, vivo en la Guerrero y se escuchan peores jajaja

—Sí, verdad jajaja Soy un muchacho travesti. Antes cortaba pelo. Te sé hacer extensiones, cortes, flecos, decolorados, lo que quieras.

—¿Y dónde aprendiste?

—En el Anexo. Estuve como dos años y le aprendí. Una vez un don de ahí me dijo: ¿Eres puto y no sabes cortar el pelo? Y me enseñó y desde ahí le agarré el ritmo.

—¿Y no le haces mejor a eso que a prostituirte?

—Pues es que fíjate que a parte que me gusta pues gano dinero. Mira, lo que sea de cada quien se necesita valentía para ser puto, te lo digo. Se necesitan muchos huevos para salir a la calle y ponerte tacones, se necesitan muchos huevos para ponerte vestido y peluca.

—Pero te hace daño ¿No, Rubén? Además no todo en la vida es el dinero. Yo vengo de una familia bien pobre y, a pesar de eso, de hambre no nos hemos muerto. El dinero no lo es todo porque luego te mueres ¿y qué queda? Hay gente que vive por y para el dinero, pero la neta hay cosas más importantes.

—¿Cómo qué?

—Pues como buscar a Dios. ¿Apoco me vas a decir que no te preguntas de dónde vienes, a dónde vas y qué es la vida? Dios te está buscando, Rubén. Puedes tener una vida diferente.

—Pues es que no se puede, Carlos. Fíjate, por un palo gano ciento cincuenta. Ochenta del hotel y lo que sobra pa’ comer.

—Si se quiere se puede. Para mí no hay nada más importante que amar a Dios, ¿para ti qué es lo más importante de tu vida?

—¿Cómo qué estás muy centrado, no?

—¿A qué te refieres?

—Pues sí, hablas muy acá.

—jajaja no te entiendo

—Pues parece que ya estás vivido. Y te ves bien morrillo ¿cuántos años tienes? ¿17?

—23, pero ese no es el punto jajaja

—Pues para tu edad como que tienes muy claras las cosas, mi amor.

Si supiera que todo mundo sufre, que no soy de acero, que todos tenemos la necesidad de algo.

—Pues es que las tengo claras porque Dios es el que me muestra el camino. Él también quiere mostrarte ese camino a ti porque te ama.

—No pues sí, pero fíjate que allá en el Anexo conocí a un chavo que me gustaba. Leíamos la Biblia y todo el pedo pero pues siempre me decía que me iba a ir al infierno por lo que estaba haciendo.

—Pues mira, si Jesús no vino para juzgar pues yo menos, ¿verdad? Pero sí lee la Biblia porque ahí Dios te habla y la Biblia es como un espejo en el que nos vemos a nosotros mismos, vemos nuestras imperfecciones.

El valiente no es el que sigue en la suciedad y la comodidad, amigo. El valiente es el que reconoce que lo que está haciendo está mal y pues se decide a cambiar. También he conocido personas así, que se han acostado con un montón pero al final su vida es vacía. El sexo no es cualquier cosa, Rubén, se da una persona por amor no se desperdicia. Y el valiente no es el que se traga su vómito sino el que cambia su vida. Y Dios te está dando una oportunidad.

—Mi amor, gracias por tus palabras. Pero yo soy bien directo y honesto. A mí me gusta esto y también de eso vivo. Gracias por no juzgarme y por los tacos jajaja ya me voy, corazón, pero la neta me hiciste un paro.

—Bueno, ¿no necesitas algo más?

—La neta sí. ¿Me harías un súper paro?

—¿Qué necesitas?

—Quiero llamarle a mi papá. Aquí tengo su número de teléfono pero tengo miedo. Diez años, imáginate. Si me descompongo o algo ayúdame ¿va?

—Va

Vamos al teléfono y saca una servilleta con números. Marca con sus dedos empañados de mugre. Sus piernas tiemblan. Alguien responde y Rubén comienza a llorar.

—Perdóname, papá… Déjame verte. Te extraño. Extraño a Claudia y a Rafael. Papá, yo te quiero mucho. Déjame verte por favor, papá.

Después de unos segundos y un silencio me mira y sonríe. Alza su pulgar en señal de que todo está bien.

—Sí…sí…está bien…en la Macro plaza el sábado.

Rubén vuelve a llorar pero esta vez con una sonrisa en su boca y el teléfono pegado a su oído.

—Muchas gracias, papá. Te amo.

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