Diente de león

Carlos Ramírez García

Y si pretendes remover las ruinas que tú mismo hiciste, sólo cenizas hallarás de todo lo que fue mi amor.

Ay Rosario, es una lástima tener que escribirte para no verte ya más. Rosario, mi Rosario, ya no me vayas a contestar, que no ves que ya no quiero tus cartas ni tus disculpas. Todas ellas, si las juntamos, hacen una filita que va de mi casa a quien sabe dónde.

Pero déjame escribirte. Qué me importa lo que vayas a pensar de mí. Qué me importa que me odies.

¿Qué no te acuerdas que por ti anduve todo este tiempo extraviado en esos besos tuyos? Esos que amontoné en un estante, bien acomodados, y de cuando en cuando sacaba uno para suspirar y acordarme de tus muchas ausencias.

Ay mi Rosario, yo ya no puedo ni perdonarte porque ya te perdoné muchas veces. Y tampoco quiero.

Mejor ya no quiero verte, quiero huir, porque me tienes, todavía por un poco de tiempo, atado a tu amor y a esa costumbre tan desperdiciada de sentir tu frente en mis labios.

Ya, mi Rosarito, no quiero cargar con esta pena. Con todo y heridas intenté amarte pero no se pudo. Y esa amargura que me diste yo no puedo regresártela porque, dicen por ahí que, en el cariño muerto no existe rencor.

Ya no voy a creer en ti y tus futuros, tus promesas y tu amor, ese que es como diente de león. Sí, así es. Porque a lo mejor y así es tu amor, muy chiquito y fácil de regar, que con el menor soplo de cariño vuela y se deja llevar.

Mejor ya vete, dientito de león, tú y tu maldad. Entre más pronto mejor.

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